Ensayo sobre los animales




Los humanos, animales peculiares, somos quizá los únicos que podemos influir en la vida de tantas otras especies. Esta influencia tiene tanto cumbres muy altas, como profundidades terribles: los humanos cuidamos, preservamos, queremos, guiamos y enaltecemos a nuestros hermanos menores; pero también los envilecemos, los explotamos, en ocasiones los torturamos y hasta los extinguimos. Nos aprovechamos de las maneras más bajas de todas las formas de vida en nuestro planeta, explotaciones que no podemos decir no sea percibida y sufrida, al menos por los animales más parecidos a nosotros: los mamíferos. Las dimensiones de esta influencia, deciden quienes somos y cómo sobrevivimos: los animales hoy no sólo nos sirven de alimento y nos proveen vestido, sino que en menor medida nos dan su fuerza laboral, nos sirven de compañía, nos ayudan a desarrollar nuestra empatía, nos dan soporte emocional y entretenimiento; sin ellos, nuestra vida en la tierra sería muy diferente.
Hablar de los animales implica pues, no sólo sumergirse en un trabajo multidimensional, sino explorar un conflicto ético, de grandes conflictos y pasiones, en el que todos estamos sumergidos más allá de lo que queremos reconocer. En un planeta lleno de vida, la nuestra propia, nuestras decisiones y omisiones, tienen alcances tremendos sobre lo que queremos.

Los animales que queremos y no queremos

Dentro de este gran árbol de la vida, las especies descritas de animales, son alrededor de millón y medio, dentro de las cuales, los mamíferos sólo son poco más de 5000, o 0.33%. Cuando un bebé viene al mundo, los más frecuentes dibujos con que se decoran los dormitorios, ropa, utensilios o juguetes, son precisamente de ese pequeño grupo de mamíferos, a los que ocasionalmente se acompaña algún vertebrado más (los vertebrados, siendo muchos más que los mamíferos, sólo alcanzan al 4%).
Casi toda la empatía, derechos y cuidados de los animales, recae sobre un grupo todavía más pequeño: los poco más o menos 100 mamíferos y algún otro vertebrado famoso que está en el subconciente colectivo de la mayoría de las personas, como los leones, los delfines, los perros, los gatos, las gallinas, los cocodrilos entre otros. Estos animales son los que queremos, los que defendemos y los que no queremos que sean agredidos. Aun así, en este pequeño grupo, es tremendamente frecuente confundir sus rasgos biológicos y procurar para ellos un “confort” que está extrapolado de nuestra experiencia como humanos y que los puede someter a niveles de maltrato bastante considerables, y en ocasiones muy difícil de percibir. Sumas y restas hechas, y sacando algunos biólogos o hippies, los demás animales son los que no gustan: las arañas y zancudos que matamos con químicos, las cucarachas que ahuyentamos (aunque debemos reconocer que también ahuyentan a más de uno), las ratas de las alcantarillas, las rayas o los tiburones de las playas, las serpientes, los murciélagos; y un grupo tan nutrido de animales horribles que con poco esfuerzo podríamos superar a los 100 anteriores. 
Por otro lado, no es sólo la diversidad lo que cuenta: la abundancia pura es también importante. Cuatro de cada cinco animales en la tierra, son los simples nematodos, animales tan humildes que la mayoría no podría siquiera describir o diferenciar; resulta desde cierto modo injusto hablar de animales sin siquiera conocerlos, y reconocer que su aporte global sobre la vida posiblemente supere largamente al 4% de vertebrados que conocemos, e incluso al nuestro hasta poco antes de que nuestra tecnología nos diera poderes descomunales.
Con algunas excepciones, los animales que queremos consumen una cantidad desproporcionada de recursos: los animales que queremos representan problemas ecológicos casi tan grandes como nosotros mismos si contamos la cantidad de hectáreas o litros de agua que consumen, las mascotas, son de lejos el grupo más consumista. En un planeta finito, la cantidad de ballenas debe ser muy reducida en comparación a la cantidad de pequeño krill que comen, para mantener un balance. Más aún, aunque la observación de los animales nos apasiona, lo que solemos querer es que estén sanos y que podamos visitarlos a distancia en alguna ocasión. Incluso los comunes y queridos perros y gatos, tienen ciclos de vida, hábitos, olores y travesuras, que difícilmente resultan gratos a todos. Descontando los pocos animales domésticos, los animales son relativamente difíciles de querer: no sería muy sensato acercarse a un león o un tiburón si no queremos ganar una mordida, ni viable acercarse a una lechuza o tejón, pues saldrían disparados o se esconderían mucho antes que lo lográramos.
Sólo terminar diciendo que aun reconociendo que los animales son grandiosos y que los queremos, a muchos no nos importaría que no existiera la inmensa mayoría de ellos, que no queremos ni conocemos. Una inmensa mayoría de los restantes, lo queremos como para visitarlos con los niños una vez al año o verlos en documentales (o también para entretener a los niños en lugar de televisión). De las poco más dos decenas que sobran, la mayoría nos interesan como recurso y las pocas mascotas que quedan no son siempre bien queridos, por no ser del todo compatibles con nuestros estilos de vida. Nuestro cariño está limitado como los recursos que tenemos para distribuir, y los animales, siendo grandiosos, reciben sólo una pequeña parte. Así las cosas, cabe preguntarse bien las cosas.

¿Amor al chancho o al chicharrón? La sostenibilidad y elegibilidad de la carne.

Nuestro amor por los animales es casi tan grande como nuestra dependencia, o quizá ¿deberíamos ser altruistas y considerar que es más el amor que el interés? Cuesta pensarlo si vemos la realidad. Sólo contando perros, animales de los que no tenemos una “explotación” directa, existen entre 400 y 500 millones hoy en día. Los perros, de los que en general no consumimos su carne, lana u otro producto directo, y de los que no requerimos grandemente su fuerza de trabajo, son tremendamente exitosos como animales de compañía en nuestra cultura. Cierto es que son grandes guardianes, gallardos protectores, magníficos sabuesos y rastreadores, capaces de hazañas en guerra, guías para ciegos, y quizá una centena de cosas más, pero siendo sinceros son pocas las funciones, si es que alguna de las mencionadas, que no ha sido ampliamente superadas por nuestra tecnología. A pesar de varios millones de años de evolución natural y varios miles por nuestra selección artificial, hoy poseemos muchas formas de superarlos, pero aun así hay cerca de 1 cada quince humanos, y la verdad es bastante probable que sea la mayor proporción en la historia, en virtualmente cualquier cultura de manera estable.
Los animales nos brindan por sobre todas las cosas, compañía y alimento, y las cifras son claras, mientras que hay casi 7 perros por cada 100 humanos, hay cerca de 20 cabezas de ganado y más de 300 aves de corral, ambas poblaciones se explican únicamente porque nos proveen de carne, leche, huevos, y en casos de otras especies, otros productos, fundamentalmente alimenticios. Los animales son especialmente buenos para proveernos de alimentos, porque están adaptados, condicionados a comer otros alimentos que para nosotros resultarían muy difíciles de digerir, trabajosos de conseguir, poco agradables o bien, tremendamente dispersos. En cuanto a la compañía, son igualmente aptos: se dedican de manera exclusiva, sostenida y de por vida, sin ninguna retribución más que la cobertura de sus necesidades básicas. Pero en ambos casos, los animales pueden ser tan positivos como nocivos: así como son bien sabidas varias consecuencias negativas para la salud de la ingesta exagerada de productos animales, así o peor pueden afectarnos las relaciones tóxicas en las que incluimos a un animal. 

Haciendo un cálculo muy grueso, hay cerca de 7400 millones de personas, si cada una necesita un gramo de proteína al día por kilo de peso para vivir sanamente, son casi 450 mil toneladas de proteína al día. Esta tremenda cantidad de proteínas pueden conseguirse de muchas maneras y es perfectamente posible obtenerlas de plantas, pero es más fácil conseguirlas de varias fuentes en simultáneo. Habrá quienes digan que las papas gastan menos energía, agua o m2 de suelo que la carne de res, y seguro es cierto en determinadas condiciones, pero lo cierto es que siempre se podrá obtener un equilibrio con una cantidad producida de papas y carne, más eficiente que sólo uno de los dos tipos, y esto se debe a que la vida no requiere un único recurso, y en ocasiones gastar mucha agua o mucho espacio, es lo más eficiente; además, la vida es diversa, y por mucho que las papas se adapten a muchos climas y condiciones, eventualmente las vacas terminarán ganando en algunos. Los puristas de los alimentos orgánicos, la baja huella de carbono y la reducción de la ganadería porque afecta al ambiente y es “mala” no están confrontando los datos: hay ganadería muy mala, y también muy eficiente, pero ocurre exactamente lo mismo con los cultivos de papas y cualquier otro cultivo.

Tomando Perú como ejemplo, existen menos de 1 millón de hectáreas cultivables en la costa, casi la mitad de ellas bastante salinas, con lo que la productividad disminuye considerablemente; debe contarse además que el agua es sólo estacional, por lo que en buena parte sólo puede producirse una fracción del año. En la sierra, la cantidad de hectáreas disponible es considerablemente menor y tiene grandes problemas de conectividad. La selva, tiene limitaciones semejantes a las anteriores. Perú afortunadamente sólo tiene unos 30 millones de habitantes, con lo que la demanda diaria es de aproximadamente 1800 toneladas. Utilizando un millón de hectáreas para sembrar únicamente lentejas en con un rendimiento de 1 ton/hectárea (un rendimiento promedio bastante bueno) y a 9 g de proteína por 100 gramos, las toneladas de proteína producidas al año serían 90 mil, o unas 250 ton al día, por lo que digamos 1/7 de lo necesario. Para producir esta cantidad, los volúmenes asociados de pesticidas y fertilizantes serían más que considerables y su impacto igualmente importante.  Complementando la idea anterior: en Perú, sólo en la sierra, hay 12 millones de hectáreas de pastizales altoandinos, en los que perfectamente se pueden criar llamas o alpacas. En este espacio, con costos de producción bastante menores y casi sin abono o pesticidas, se podrían criar cerca de 50 millones de animales, de los que se obtendría fácilmente 40 millones de animales para sacrificio con unos 40 kilos de peso y poco más de 20 g por 100 de proteína. Esto sumaría 320 mil toneladas de proteína al año, o 875 ton al día, apenas la mitad de lo requerido, es más del triple de lo que se produciría con las lentejas.

La lección es simple: no utilizar carne animal a nuestro nivel de tecnología, consumo y población, es sólo poner las cosas más difíciles: generar escasez, subir los precios y en consecuencia poner las cosas más difíciles a los más necesitados. Así como tomé de ejemplo la proteína, se podrían tomar muchos y para cada uno, una correcta proporción de distintos insumos vegetales o animales, supondría siempre una solución más sensata que sólo utilizar uno de ellos. Pero la segunda lección es incluso más dura: Perú tiene más de 128 millones de hectáreas, de las que sólo estoy mencionando 1 para agricultura y 12 para pastoreo (sumadas, el 10%): hoy no somos capaces de utilizar la mayor parte del territorio, y lo que es peor: le hemos quitado a la naturaleza ya los mejores espacios tanto para producir alimentos como para cualquier otro fin ecológico. Procurarnos alimentos no es fácil, incluso si nos decantáramos por opciones eficientes como lentejas y llamas; si intentamos hacerlo con comida gourmet, orgánicas o vegana, las dificultades sólo pueden aumentar. Pero hay una lección ecológica más profunda y aún más dura: Nadie quiere comer carne de llama con lentejas (aunque podría ser un plato tan bueno y sabroso como cualquiera), no se ha desarrollado la tecnología para estas dos producciones, la situación actual de repartición de recursos no considera a una parte de la población y no es sostenible. En un futuro cercano y mínimamente ético, deberemos enfrentarnos a una población que carece de los hábitos, gustos y las tecnologías para procurarse alimentos, mientras que habrá que distribuir estos recursos a más personas en un ambiente que produce cada vez menos. 

En un mundo con necesidades mínimas satisfechas, con un cambio radical en la forma de ver el consumo, con sistema de comercio y transporte mucho mejor desarrollados, las batallas se irán decantando hacia las plantas: la crudelísima e implacable segunda ley de la termodinámica ya lo decretó así, y es que cada vez que se hacen transformaciones, hay pérdidas (idealmente se podría mantener la misma energía, pero para procesos vivos, las pérdidas son considerables) y así cuando cualquier animal consuma cualquier planta, la parte de energía perdida será tan importante que luego consumir al animal implica una pérdida de energía; algo semejante se puede decir de las proteínas, y otros nutrientes. De manera semejante, las opciones gourmet, orgánicas irán prevaleciendo: mientras mejore el nivel económico, las comidas masificadas disminuirán; y mientras mejore la tecnología, los aportes de fertilizantes y pesticidas caerán, al ritmo que se utilicen las plantas que mejor adaptadas estén a cada ecosistema y sean de estación.

La vida en granjas familiares es dura, los granjeros son en general personas que tienen muy largas jornadas laborales, sueldos bajos y actividades que requieren mucha fuerza física. Aun así, todos los ejemplos que se ven en estos videos de tortura animal no provienen de estas granjas, sino de tremendos emporios o concentraciones de animales. En estas inmensas granjas, cada granjero, si es que aún cabe llamarle así, tiene bajo su cuidado cientos o miles de animales y regímenes de trabajo brutales; para hacer viable su trabajo, se introduce mecanización en gran escala, se concentran muchos animales en espacios pequeños y se toman una serie de medidas para limitar cualquier actividad animal: la consecuencia lógica, los animales pasan vidas estresadas y poco confortables, alejados de sus condiciones naturales o bien de condiciones artificiales llevaderas. Este tipo de crianza es relativamente nuevo:  mientras que los humanos empezamos la ganadería hace varios miles de años, la crianza de animales en integraciones tiene poco más de 50 años. No gastaré palabras en defender este tipo de crianza, pero debe reconocerse que ha conseguido lo que buscamos: una producción barata, homogénea y de productos de baja calidad, sin importarnos el tremendo impacto sobre la vida misma. Si somos honestos, deberemos reconocer que cualquiera de nuestras industrias de gran escala ha conseguido lo mismo: desde la agricultura, la minería, la generación de energía, las fábricas de autos o la inocente industria del ocio y los viajes: la huella humana no está ligada a la ganadería, está ligada a la terrible manera de producir y la ilimitada demanda de bienes o servicios a bajo precio.

Hoy, una inmensa parte del planeta, especialmente en el tercer mundo está tremendamente desconectado, y son necesarias las patas del animal para acercarlo al mercado para poderlo comercializar. En este mundo, que el animal pastoree es una excelente opción para utilizar poca mano de obra y recursos adicionales en la producción. Es perfectamente entendible, que los animales nos generen empatía, más cuando el medio urbano nos aleja de la dura vida rural; en este sentido es lógico que las terribles condiciones a las que son sometidos los animales en muchas crianzas y mataderos, despierten sensibilidades y repulsiones que las huertas jamás podrían generar. Muchas de estas reacciones, empero, están más canalizadas por impresiones, música de fondo y ejemplos tendenciosos que por datos; esto sin dejar de aceptar que cualquier crianza animal que los agreda o lastime innecesariamente debería ser primero corregida, luego sancionada y finalmente cerrada, de persistir en su mala práctica. Hoy, y en el futuro cercano será perfectamente elegible la carne como una fuente confiable de alimentos, más amigable con el ambiente, que no elegirla. La ética de hacerlo es otro tema, que veremos a continuación.

Condiciones naturales vs. artificiales llevaderas

Para todos aquellos que han estado en la naturaleza más allá de un par de horas, debe estar claro que la vida de los animales silvestres es tremendamente dura. Aunque la naturaleza sea descrita como paradisiaca, la realidad no lo es tanto: las fuentes de alimento y bebida escasean o están copadas, hay depredadores, bichos y problemas por todos lados; y aunque la adaptación pueda mantener vivos a la mayoría de los animales, lo cierto es que sus vidas son usualmente cortas. Sin justificar la utilización de los animales como recurso, vale la pena considerar lo siguiente: ¿Y si la vida con los humanos es mejor?

Se dice por ahí, que los animales en cautiverio viven mucho menos que sus parientes silvestres, debido a que son asesinados para el consumo; se alega que en la naturaleza pueden llegar a tener vidas largas y saludables, y aunque individualmente es una posibilidad (remota, por cierto) en términos medios no. El éxito de supervivencia de una especie, está delimitado y fuertemente enlazado con sus tasas de reproducción: en tanto que las poblaciones no andan creciendo o menguando alborotadamente, se debe suponer que, en ausencia de migración, la cantidad de nacidos y muertos, son más o menos equivalentes. Vamos a los números (al final incluiré un par de gráficos).

Tomemos al buen cerdo y su primo el jabalí como ejemplo: en la vida silvestre, se dice, un cerdo puede vivir 5 años, mientras que en una granja sólo unos meses. Empecemos por la vida silvestre. Una cerda adulta, suele parir en promedio 8 crías, de las cuales sólo 1 debe de reemplazarla, para que la población sea estable. Asumiendo que en promedio hay 10 cerdas por cada cerdo, y que la cerda vive 5 estaciones, en 4 de las cuales tiene una sola camada. La cerda o su homóloga jabalí salvaje, deja sólo 1 y 1/10 de cerdos, por lo que en promedio mueren 30 y 9/10 de sus crías. Aunque la supervivencia de cada cría es tremendamente aleatoria, en general 6 de los 8 lechones apenas superan la lactación (2 meses) y los otros  viven entre pocos meses y uno o dos años, para que una llegue a adulta y sólo una de cada 10 cerdas, logre dejar dos crías vivas. Haciendo las matemáticas, la edad promedio que alcanzan los individuos, lejos de 5 años, son sólo 8 meses y un poco más. Los cálculos en los animales de granja, son por lejos más simples: una marrana vive 4.5 años, tiene unas 84 crías y todas estas, salvo 1 (su reemplazo, que vive 2 años) viven 150 días; haciendo los cálculos, resultan 5.8 meses. Como referencia, para el caso de los cerdos, en la vida silvestre viven de 1 a 2 meses más, una cifra bastante más modesta que la propuesta originalmente.

Pero no es la única especie. Si pensamos en los caballos o las vacas, sus primos más cercanos en la naturaleza viven en grandes grupos en grandes espacios abiertos y rodeados por los depredadores. Viven en grupos grandes para disminuir la probabilidad de ser atacados ellos puntualmente, a pesar que para los depredadores hace sentido atacar a un grupo grande, donde es más probable encontrar un individuo fácil de atrapar. En las manadas de ñus salvajes, primos de las vacas, por ejemplo, la natalidad es mucho menor que en los cerdos ya comentados, pero cada hembra adulta suele tener una cría al año. Asumiendo que la población está compuesta por mitad de machos y de hembras, cada primavera nacen 50% nuevos animales, y al final del invierno, debe haber muerto esta misma cantidad a fin de que la población se mantenga estable. La mayoría de las muertes ocurren a la población recién nacida y juvenil, mientras que las muertes a adultos sanos son menos frecuentes, por lo que usualmente primero se enferman o debilitan. Si bien la vida silvestre supone un nivel de libertad que no tiene paragón en granjas, supone un nivel de estrés mucho mayor al que se suele atribuir: una tercera parte de la población muere cada año, en la mayoría de los casos asesinados y otros tantos por enfermedades que gradualmente merman la fuerza para terminan muriendo agónicamente en varios días. Para un ñu, la vida implica varias decenas de km andados al día, escasez permanente de agua y escasez de comida alrededor de la mitad del año; una vida de asecho y vigilancia, varios muertos al alcance de la vista cada día, así como varias carreras de escape a la semana, vida sin cobijo ni protección, sin atenciones en enfermedad y poco descanso.  Es frecuente argumentar que su vida es así, y que en consecuencia están adaptados y no sienten estrés o malestar por estas dificultades, pero un análisis más detallado difiere fácilmente. Dato adicional: en promedio un ñu vive más que el ganado de carne, y menos ganado lechero o incluso el que se usa para lidia.

La evolución ha modelado por ejemplo que una vaca o caballo, no duerma echado, sino recostado, siempre con la cabeza moderadamente erguida y al menos las dos patas delanteras con los cascos apoyados, así, en caso de riesgo los caballos pueden salir corriendo mucho más rápido que si estuvieran echados sobre su flanco o de costado. Para el curioso, es fácil ver que los caballos apenas duermen unas pocas horas al día, que no lucen cansados ni inflamados por esa posición, y que en general su nivel de estrés no se afecta en esas condiciones; podría luego postularse que esa es la mejor posición o la más cómoda: pensar que incluso que sus órganos se han adaptado a esa posición, sus funciones fisiológicas a esos hábitos, y que en consecuencia sacan el mejor partido a las condiciones. Ergo, están adaptados a esas condiciones, y son más “felices”, “plenos” o cualquier palabra atribuible a un humano satisfecho. Sin embargo, la vida en cautiverio parece contravenir esta afirmación. Cuando un caballo está en una granja, o en condiciones de estrés moderado (por ejemplo, cuando llega un nuevo individuo a vivir en la manada), duerme en las mismas condiciones que sus homólogos en la vida silvestre, pero luego en la seguridad que le dan los establos, duermen de lado. Curiosamente, y a pesar que sus órganos no están adaptados a dormir de lado, se adaptan bastante bien a la nueva situación, sino para toda la noche, al menos para periodos largos que intercalan moviéndose o estirándose. Es más: los caballos terminan durmiendo más horas, de forma acumulada, descansan más y a la larga terminan viviendo más.

Sumas y restas hechas, hay una plasticidad básica. Esto implica que pueden tener diferentes niveles de vida en diferentes condiciones: si se les da mejor alimento, los dientes que están diseñados para comer pasto 10 años, pueden comer granos 20 años, y esto aplica a todas las variables que se pueda pensar. Evidentemente no todos los miembros de la población pueden adaptarse a todas las condiciones, y no todas las adaptaciones son favorables, pero los animales pueden sacar provecho a las condiciones artificiales que brindan los ecosistemas humanos de manera de tener un nivel de vida igual o superior al de la naturaleza: quizá muchos estén tensos por estar en granjas o cerca de humanos, pero otros lo prefieren antes de divagar en la naturaleza rodeados por depredadores. E

Habiendo comentado todo esto ¿Está justificado matar a un animal luego de darle una vida más confortable que su equivalente silvestre? Nuevamente, la legitimidad de matarlo o no, es una discusión ética, y no es ético justificarla en datos errados (como que la vaca vive 20 años en la naturaleza o que los animales en las granjas viven estresados). La vida con humanos ha demostrado una mejora sustancial en muchos aspectos y aquellos que no han sido mejorados son estrictamente por razones económicas. Siendo así, es más razonable buscar una mejora en la calidad de vida artificial, que vivir idealizando las condiciones naturales. La pregunta es más vigente: ¿es “mejor” para un animal vivir con los humanos a pesar que será “utilizado” o “consumido” finalmente? Una alternativa de evaluación, como en economía, es buscar el “costo de oportunidad”

Ecología para un planeta con humanos

En un mundo sin humanos, las condiciones ecológicas serían muy distintas. El caso de Sumatra es interesante: siendo la 6ta isla más grande del mundo, pertenece a Indonesia, es a su vez el 4to país más poblado del mundo. Apenas hace 40 o 50 mil años, Sumatra estaba unida a Asia, lo que permitía la libre comunicación y cruce de diferentes especies de rinocerontes, elefantes, orangutanes y tigres, todas especies exitosas. Con la subida del nivel del mar luego de la última desglaciación, fragmentos de estas poblaciones quedaron aisladas en un territorio de poco más de medio millón de km, mientras que Asia en su conjunto tiene algo menos de 50 millones de km, o unas 100 veces la extensión. Cuando esas especies quedaron aisladas, gradualmente se fueron diferenciando de sus parientes asiáticos, al punto que hoy además de ser fácilmente diferenciables, no pueden tener descendencia. Hoy todas estas poblaciones están a punto de extinguirse por la presión demográfica de los más de 60 millones de habitantes de la isla y su impacto sobre los bosques. Caben antes esta situación dos preguntas distintas pero complementarias: ¿Eran sostenibles estas especies en ese territorio sin intervención de los humanos? ¿Es sostenible la vida animal en Sumatra, considerando el tremendo crecimiento humano?

Se estima que una especie de vertebrados sobrevive alrededor 1 millón de años ¿Cabría esperar que las subespecies de Sumatra vivan ese periodo incluso sin humanos? Si subsistieran sus parientes continentales y desaparecieran por completo la isla de Sumatra, ¿podría llamarse extinción?, ¿y si pasara lo contrario? La valía de los animales de Sumatra es relativa: si por ejemplo se extinguieran todos los tigres de Sumatra, existirían muchas especies de tigres, que si bien diferentes, podrían utilizarse para repoblar, seguir cumpliendo los roles en los ecosistemas, y hasta vivir en zoológicos o decorar los libros infantiles. Sería una pérdida, sin duda, pero creo que la mayoría podrá aceptar que no conocía de la existencia de un tigre de Sumatra, que no lo podría diferenciar fácilmente de un tigre promedio y que la pérdida de todos los tigres, sería bastante peor. Quizá la naturaleza, tomándola como una fuerza que rigüe la vida, no tiene tanto interés en la diferencia particular de especies, sino que se tomó la libertad de hacer varios modelos para asegurar que al menos uno siempre sobreviva para llenar el nicho ecológico, es decir ser el carnívoro cúspide de la pirámide alimenticia.

La segunda pregunta es quizá más profundamente ética: ¿Hasta dónde queremos tomar recursos de Sumatra? ¿Cuándo nos detendremos? ¿Qué recursos dejaremos para la vida silvestre? En el corto plazo, las mejores probabilidades las tendrán las mascotas, los animales de granja y los de zoológicos. Bajo esta perspectiva, no es sencillo procurar por una producción orgánica la disminución del consumo de carne. Parece intuitivo que si se disminuye el consumo de carne, o si se utiliza producción más limpia, los animales estarán mejor pero no es así: la mayor presión sobre los recursos en Indonesia, no la hace la industria de la carne (en su mayoría se importa) sino la población. Mientras más población viva, y mientras mayores sean sus recursos, más impacto causarán; una producción eficiente y económica, normas de conservación ambiental y normativa para manejo de animales, podría tener un mayor beneficio en el corto plazo.

Estas dos preguntas, dentro de muchas otras, ayudan a entender la delicada situación en la que hemos colocado a casi todas las especies animales, aún sin contar la degradación ambiental total. En un mundo con cada vez menos espacios para lobos o ñus, quizá los perros y vacas, sean opciones. Aceptando la valía de cada especie viva o cada ser vivo, lo cierto es que mientras que sigamos viviendo como hasta ahora y con nuestro nivel de tecnología, tenemos poco más que aceptar esas opciones. Es inadecuado pensar que, si no tomáramos leche, comiéramos cerdo o si no nos vistiéramos con lana los animales estarían bien: la verdad es que sustituiríamos esos recursos con otros, probablemente menos eficientes y que en consecuencia requerirían más espacio, más agua o más de algo; en consecuencia, habría menos para la vida silvestre, y esto compete a grandes mamíferos, como a insectos o plantas. Ahora es momento de considerar la degradación ambiental total.

El costo oportunidad, de comprarme una casa, es perder el dinero, con el que podría quizá comprarme un departamento y un auto, en simultáneo. ¿Cuál es el costo de oportunidad de consumir carne?, quizá  consumir otro producto alimenticio, que posiblemente consuma menos agua  o espacio, pero en contraposición tiene también grandes problemas: En ausencia de bosques, los pastizales de vacas, son bastante mejores (para el ambiente y en términos de liberación de CO2) y que los cultivos en limpio (cualquiera  en que se are la tierra con tractor). Por otro lado, sin animales, la digestión de los restos de cualquier cultivo es virtualmente imposible: no tenemos tecnología ni formas de hacerlo suficientemente rápido; aunque las lombrices y las bacterias lo hacen bien, no es ni remotamente tan rápido como las vacas.

Extinción y otras preocupaciones mayores

Uno de los elementos por los cuales suelo ver preocupación, y sobre todo en el pequeño grupo querido de animales, es el riesgo de desaparecer para siempre. Esta preocupación cobra sentido y se refuerza por la información de que tal o cual especie ha desaparecido, está en riesgo, es vulnerable u otras calificaciones de la lista roja de la Unión Internacional por la conservación de la naturaleza. El riesgo de ver desaparecer definitivamente a un animal como el rinoceronte o jirafa, animal que típicamente decora los cuartos de nuestros niños, es una preocupación mayor, sobre todo si se toma en consideración el corto tiempo que tenemos como especie dominante en la tierra; no es extraño que la idea colectiva de que en pocos años seremos una especie solitaria en nuestra existencia por la tierra, no es sólo triste, sino que alberga un merecido sentimiento de culpa. Dicho todo esto y antes de pensar demasiado en que aniquilaremos una u otra especie, es bueno reflexionar sobre el ciclo natural de aparición y desaparición de especies en nuestro planeta.

Primero consideremos que todos los vertebrados, por ejemplo, han existido por aproximadamente 500 millones de años, por lo que toda la variabilidad de sus individuos, las más de 60 mil especies existentes y la tremenda cantidad de registro fósil, provienen de una población inicial que data de esta fecha, poco más o menos. En estos 500 millones de años, se han producido cinco grandes extinciones, que, aunque se rastrean fácilmente en el registro fósil animal, impactaron a todos los organismos vivos. Quizá la más conocida sea la referente a los dinosauros hace poco más de 65 millones de años, que significó la desaparición del famoso tiranosaurio, el tricératops y varios de sus contemporáneos famosos. En esta gran extinción se estima que se perdieron de tres de cada cuatro especies sobre la tierra, reduciendo definitivamente tantas familias biológicas que el mundo que sobrevivió resultó considerablemente distinto. Desde la aparición de la afamada “primavera silenciosa” en el 62 hasta la ya conocida “la vida en la tierra” 40 años después, la preocupación sobre nuestro impacto en la tierra, no hace más que crecer. En la primera, Rachel Carson, hizo tomar conciencia sobre la desaparición del canto de las aves, vinculándolo a nuestra contaminación; en la segunda, Edward Wilson, nos presenta un futuro en que existe grave peligro de destrucción de un cuarto de la vida en la tierra en las siguientes cinco décadas, por nuestra incapacidad de sostener el brutal nivel de vida y una larga población.

La influencia humana sobre el planeta es inmensa: somos demasiados, queremos demasiado y se lo arrebatamos a otras especies; algunas se adaptan y aprenden a vivir entre nosotros, pero la mayoría no lo consiguen y terminan por desaparecer. Se suele señalar que las grandes extinciones duran hasta 1 millón de años; si contamos el tiempo en que los humanos tenemos un impacto considerable en la tierra como 50 mil años, y si mantenemos los ritmos actuales es poco probable que la mayor parte de animales y otras especies sobreviva 20 veces toda la historia humana. Pero la extensión es sólo un punto de una larga línea que forma la vida de una especie, un punto que apenas es visible si definimos a los animales tal y como los entendemos: si recordamos, las subespecies de Sumatra se diferenciaron en poco más de 40 mil años, por lo que en el tiempo que sobrevive una especie y siguiendo esa referencia, hay tiempo para que se diferencien 25 veces subespecies antes que se extinga la especie original; estos valores pueden cambiar grandemente en función a las presiones del medio y a la especie. A medida que un ecosistema se debilita o que la función de una especie empieza a ser desplazada, los animales que habitan empiezan a desaparecer. La tierra es basta y llena de vida, pero al final del día, casi siempre depende de cuántos recursos puede asegurar cada especie para sobrevivir; históricamente el recurso más importante siempre ha sido el alimento.

Hoy, la extinción de una especie u otra es ya una consecuencia menor de nuestra actitud, no hay  forma real de evitarla. Queremos trasladar esa culpa a alguien más por tener un hábito, preferencia o actitud diferente a la nuestra, pero es de todos. Estamos acabando con los animales en la misma medida en que urbanizamos el planeta, y pronto, cuando todas las ciudades estén conectadas, cuando todos los ríos tengan un puente; cuando se pueda llegar a todas las montañas en una camioneta y se pueda vacacionar en todas las playas, ese día o el siguiente, se acabarán todos los animales que queremos. Carecemos del conocimiento para entender las implicancias de la pérdida del tigre de Sumatra, pero aún estamos a tiempo de salvar algunos tigres, si ya no en vida silvestre, al menos en condiciones artificiales razonablemente buenas; replanteando al menos algunas actitudes podemos asegurar que la extinción que generemos, ya sea en esa generación o la siguiente, no deje huellas más devastadoras que la que acabó con los dinosaurios.

Si queremos salvar algo (y debemos ser claros, que algo es nuestra mejor opción), es más razonable empezar a pensar en conservación puntual, pequeños parques y zoológicos, antes de grandes reservas naturales y selvas vírgenes... La verdad es que no estamos dispuestos a reducir nuestros consumos para que eso sea posible, y mientras que buscamos que Brasil, Indonesia, Guatemala o el Congo dejen de talar la selva en benéfico común, perdemos la oportunidad de buscar planes menos ambiciosos pero más reales. 

Ética para animales de zoológico, granja y mascotas

La domesticación explica considerablemente las diferencias en el bienestar de algunos animales: para aquellos que pueden ser domesticados o de alguna manera pueden vivir con nosotros, no representamos una amenaza para su supervivencia con especie, y más aún, podrían como los caballos de ejemplo anterior, encontrar un nuevo equilibrio en los “ecosistemas humanos”. En contraste, otros animales no pueden siquiera sobrevivir cerca de nosotros, e incluso en zoológicos especializados o zonas silvestres controladas, merman considerablemente su reproducción. Si hablamos que mamíferos en especial, resulta ser que casi todos son domesticables, salvo que sean tan agresivos que el proceso resulte peligroso para nosotros, o que tengan hábitats tan grandes, que el proceso de domesticación sea imposible de realizar. Pueden reconocerse experiencias en todo el mundo de personas que han logrado dos extremos opuestos del proceso: ir a una zona silvestre y familiarizar con un animal peligroso, o familiarizar con un animal peligroso traído a un ambiente humano, además  de montones de casos intermedios. En todos estos casos, las relaciones finales son de familiaridad entre especies: humanos y animales, familiaridad que posiblemente tenga una base genética muy anterior a todos los mamíferos, y quizá tenga más que ver con el sentido gregario.

Pero para todos los preocupados o amantes de los animales, hay ciertos problemas que son difíciles de ver: todos condenamos una explotación aviar o un matadero, pero ¿Cuántos critican los refugios de animales? ¿Cuántos siquiera evalúan objetivamente las condiciones de vida de los animales de compañía? En una granja, por industrial o fría que sea, existen parámetros, cantidad de espacio o alimentos por animal. Frecuentemente, en los refugios hay muy buena intención, pero poco o ningún conocimiento de los hábitos del animal en cuestión. Más aún al tener buena intención y recursos limitados, suelen excederse en el alcance de su intervención, lo que termina generando escasez de recursos. Los zoológicos tienen otros inconvenientes también: en general tienen recursos limitados y aunque suelen tener cuidadores y otros expertos, tienen la gran dificultad de juntar perro, pericote y gato, sin ser San Martin. En un zoológico deben recibirse muchos animales silvestres en espacios y condiciones de confinamiento; los zoológicos, no tienen medios ni técnicas para socializar o iniciar los procesos de domesticación y, peor aún, dependen de las visitas del público: nada más estresante y opuesto a la naturaleza para un animal silvestre, que estar rodeado por humanos durante largos periodos de tiempo en un espacio pequeño. Para terminar, queda el gran grupo de animales de compañía que viven en hogares humanos urbanos, y añado el último adjetivo intencionadamente. Este cada vez más exitoso grupo animal, está cada vez manejado por humanos que tienen menos experiencia y conocimiento de cosas útiles sobre los mismos. Altamente sensibilizados, con demasiados recursos disponibles y poco entendimiento, los dueños de mascotas urbanos son terribles criadores. Pero ya habiéndome extendido sobre las granjas y sus vicios, es interesante desarrollar los demás espacios donde abundan los animales.

Empezando en los pequeños pueblos rurales, la relación de la mayoría de los animales y los humanos, es relativamente saludable y se ha producido de manera semejante por miles de años. La forma en que un pastor de llamas en Perú o un pastor de caballos en Mongolia trata a su perro, es semejante y tiene mucho que ver con cómo se han relacionado nuestras especies desde que se domesticó al perro: claro liderazgo humano, gran asistencia animal, vida en comunidad, pero con claras prioridades. Los perros en este caso y a pesar de lo duro del medio rural y la escasez, tienen una vida familiar estable y diría que una vida canina plena. En la casa de un oficinista en la mitad de la ciudad, las cosas son mucho peores a pesar que los dueños cuenten con recursos para pagar el mejor veterinario o la mejor comida.

Los perros son un excelente ejemplo por muchas razones: son nuestros primeros animales domesticados y los primeros también en vivir en tan grandes cantidades en las ciudades; dóciles, sociables, inteligentes, diferentes entre sí, son la primera muestra de cómo en promedio no los entendemos. Con todas sus virtudes, su primera limitante es el liderazgo. Incluso cuando en la naturaleza hay siempre una pareja alfa en cada grupo, esa posición no es necesariamente la más deseada, y es mucho más frecuente que un perro esté cómodo con un humano como líder, que asumiendo la tarea por sí mismo. También limitados para soportar las largas tensiones y resentimientos de las relaciones humanas, pues sus luchas son cortas y físicas. En la vida silvestre, los perros están acostumbrados a no tener asistencia veterinaria, tener privaciones de alimento y largas jornadas de ejercicio; sus cuerpos y los centros de estímulo en sus cerebros, están calibrados en consecuencia toleran el hambre y son tragones; sobrevienen golpes o cortes y resisten el dolor físico; se sienten bien con el ejercicio físico y pierden rápidamente forma sin este.  Los más de los dueños, tratan a los perros sin saber nada de esto y sin la voluntad o fuerza para liderarlos, reprenderlos, pero sobre todo guiarlos y darles la confianza de que su “alfa” tendrá todo bajo control. Un perro de una granja cualquiera puede ser agresivo con un extraño, pero es dócil y sociable con su grupo, acepta rápidamente a las personas que sean introducidas al grupo por los humanos, así como las tareas que se encomienden, y, aunado a lo anterior, llevan una vida estable con poco estrés; en contraposición un perro urbano de un oficinista esta obeso, tiene poca destreza física, se estresa rápidamente con extraños o con cambios, en general, da muestras de desadaptación social, inestabilidad, pero sobre todo: sufre. No son todos, hay dueños que manejan bien sus perros, pero la realidad es que una gran parte de los perros domésticos tienen privaciones a su naturaleza y niveles de estrés, al menos tan altos como el de una vaca de ordeño o un tigre de zoológico, sólo que sus dueños no lo perciben o piensan que lo resolverán con el mejor veterinario, la ropita o el corte que más reacciones tenga en las redes sociales.

Los refugios suelen garantizar una extensión de los problemas descritos de los dueños individuales: carecen del conocimiento y las técnicas para dar confort a los animales que reciben, si bien los proveen de alimento, refugio y servicios veterinarios, la vida animal es mucho más que sólo comer y tener dónde dormir, y vale la pena tomar como ejemplo los refugios de gatos que he conocido. Mientras que los perros son animales que viven en grandes grupos y que son bastante fáciles de entender, los gatos son animales menos sociables y más complejos.  Los gatos son pequeños, sigilosos y comen poco; así que un voluntarioso protector, puede tener una docena en un dormitorio o varias docenas en un departamento pequeño, casi sin ruidos y con un gasto relativamente pequeño en alimento, al menos mientras son jóvenes. Uno podría considerar que los gatos que vivan allí están mejor que en la calle porque tiene alimento y techo, pero si fuera así, ¿Por qué se escapan? No es tan sencillo como decir que valoran la libertad; hay gran cantidad de gatos que viven bien con sus dueños y que no consideran irse; incluso si lo hicieran por impulso sexual, volverían poco después. Lo que no se quiere ver, es que en esos refugios hay montones de condiciones desagradables: altísimos niveles de hacinamiento, escasez de limpieza (no desinfección humana, limpieza como en la naturaleza), ausencia de cualquier jerarquía social, “ruido” social cada que ingresa un humano, enfermedades a nivel subclínico, frustración sexual, aburrimiento, y una tremenda cantidad de problemas más, aunque considero haber listado los más grandes y plausibles.

Los zoológicos son con definitiva la forma de tener vida animal más compleja y más variable que se ha inventado: los hay de todos los tipos y todos los tamaños. En general, parece ser la idea más sensata confinar a los animales en lugares relativamente grandes y con recursos, en manos de especialistas; con los años los zoológicos han mejorado considerablemente en el mundo, dando cada vez un espacio más adecuado a los animales y mejorando el nivel de vida de los mismos. En Lima, el “Parque de las Leyendas” ha mejorado sustancialmente, incluyendo nuevas atracciones, mejorando sus espacios y servicios, pero mejorando también la vida de muchos animales y sus ingresos, todo esto en simultáneo; logros más que notables, pero iniciales en un largo camino aún por delante. Los zoológicos tienen entre sus limitaciones que no diferencian claramente sus servicios: por un lado, hay los muy pequeños que quieren conocer los principales animales, pero hay también los no tan pequeños que quieren conocer en más profundidad algún grupo, los que quieren interactuar (con muchos animales domésticos o de zoo criadero), los que quieren las fotos y los que quieren un parque. Tratar de hacer un circuito que englobe todos esos servicios, termina haciendo rutinas aburridas para muchos visitantes o estresantes para muchos animales. Debe recordarse que los únicos animales que disfrutan de nuestra compañía son los domésticos, o aquellos individuos de especies silvestres con los que se ha desarrollado un nivel importante de familiaridad, para todos los demás, nuestras fotos y visitas, no resultan agradables. Quizá será necesario seguir sometiendo a muchos animales a un nivel de estrés con nuestras visitas para asegurar los ingresos para el parque, pero quizá también sea posible dar más experiencias con aquellos que sí nos disfrutan o son naturalmente más sociables. 

Como en los zoológicos, en muchas intervenciones humanas, los animales ganan algo. El lado más positivo de la intervención humana más frecuente entre mascotas, pero también reconocible en animales de granja y zoológico, es el desarrollo de las propias habilidades de los animales. Parafraseando a Ken Robinson, “El florecimiento humano no es un proceso mecánico, es un proceso orgánico. No se puede predecir el resultado del desarrollo humano. Todo lo que se puede hacer es crear las condiciones con las que empezarán a florecer (los humanos)”. Pero habiendo descrito como algunos animales puede adaptarse a ambientes humanos, quizá sea posible proponer que en condiciones especiales y que sólo pueden darse en ambientes humanos, los animales pueden florecer y llegar a alturas que en su entorno natural jamás podrían alcanzar.  En presencia humana y sólo gracias a nuestra presencia o a las condiciones especiales de nuestros ecosistemas, algunos animales han logrado escuchar música y “bailar” con ella; algunos animales agresivos y solitarios han logrado ser mansos y sociales; algunos animales han llegado a desarrollar niveles de atención, intelecto, confianza o desenvolvimiento sin precedentes, desde actos de heroísmo hasta actos de tremenda compasión. A la luz de las evidencias, no es probable que el ecosistema humano sea especialmente cruel con los animales y, por el contrario, sí es probable que permita la oportunidad de una forma alternativa de vida, al menos tan grata como cualquier otro; esto reconociendo los excesos y malos tratos que muchas personas hacen a los animales.

Quisiera terminar este punto cambiando el centro del cuestionamiento desde si tratamos bien a los animales, hasta si nuestra forma de vida es compatible con la vida animal, sobre todo porque la primera sentencia es discutible y cambiante, mientras que la segunda es rotunda. Es sensato empezar a reconocer que todos sacamos provecho de alguna manera de los animales, los malentendemos y maltratamos también. Cada vez más personas reconocen a los animales como valiosos, y cada vez más podemos contribuir con algo: entendimiento, pasión, compromiso o quizá otros, sean los recursos para salvar a nuestros hermanos menores de su desaparición, o a nuestra descendencia de un futuro solitario. Estoy convencido que nuestra vida puede ser compatible con la vida animal, pero es necesario integrar nuestros aportes, y si bien no estoy capacitado para generar pasión o compromiso, quisiera brindar algunos aportes de entendimiento sobre este maravilloso reino y nuestras posibilidades.


Lecciones finales: polar, lenteja con llama y otros hitos en el camino.

El cuero y la lana, fueron los primeros abrigos para nuestros ancestros; sin la matanza animales hubiera sido imposible sobrevivir en la mayor parte de ecosistemas la mayor parte de nuestra historia. Con el paso del tiempo, el algodón primero, pero luego las fibras sintéticas, empezaron a ocupar parte del espacio de las fibras animales. Este es quizá el mejor ejemplo de cómo nuestra tecnología puede gradualmente superar la necesidad de utilizar un insumo animal. No es tanto la escasez del producto, o sus regulaciones, las que generan el cambio de uso, sino por el contrario las ventajas de los nuevos materiales. Lo mismo puede decirse de la fuerza motriz de los animales, pero también en menor medida de los alimentos que brindan.  Mientras que las regulaciones pueden generar escasez y aumentos de precios, en general una tecnología superior, representa una ventaja para todos. Hoy, la insulina, muchas vacunas, las pruebas de medicamentos y por supuesto la carne, requieren intensivamente el uso de animales en su producción, pero existe investigación para producir todos estos elementos sin animales, usualmente con bacterias, y en el largo plazo con menores costos de producción u otras ventajas.

De otro lado, un Perú sensato y con preocupación ambiental, sembraría lentejas con el guano de las llamas y les daría a las llamas el rastrojo de las lentejas, esto no solo disminuiría los costos de producción de las lentejas, sino que incrementaría la producción de llamas, dejando los demás elementos constantes. El mismo país, también fomentaría propaganda para el consumo de insumos locales y de temporada, utilizaría sensatamente los recursos ictiológicos que tiene a disposición, así como los excedentes las frutas y verduras que exporta, para componer una canasta básica. Con los recursos de la exportación financiaría la investigación y desarrollo de mejores producciones, o bien para la asistencia alimenticia de los más necesitados. El país debería ser sensible a lo que sucede con los animales, pero no empezaría dividiendo su población en los vegetarianos o carnívoros, ni en pro taurinos o animalistas, pues son decisiones éticas difíciles, en las que se requiere mucho debate; empezaría por medidas en las que todos podrían estar de acuerdo, como generar albergues/zoológicos en cada municipalidad, donde aprender a cuidar, pero también para visitar, jugar o ejercitarse o hacer servicio comunitario con animales. Estos lugares dictarían las normas para los animales en cada lugar, vigilarían los abusos, pero sobre todo darían a las personas la oportunidad de tener un perro o caballo por horas, respetando los ciclos y necesidades de los animales, así como pagando, porque el dinero es indispensable para mantener a los animales en nuestra sociedad consumista y es la forma más sencilla de valorar lo que tenemos o queremos.

Preocuparse por los gatos o perros, es incompleto, pero es una primera aproximación a la preocupación por la vida misma y es quizá tan valiosa, en su pequeña magnitud, como cualquier otra. Pero preocuparse por un gato, no es incompleto porque le falte algo en sí mismo, o por algún tema moral, sino porque no permite entender las relaciones entre el gato y el resto de la vida: si sólo quedaran gatos y humanos, las vidas de ambas especies resultarían muy vacías. Más aún, si por cuidar una especie, aceleramos el proceso de destrucción del resto del planeta, cargaremos a nuestro único compañero de parte de una responsabilidad terrible. Los gatos, como los humanos, somos dandis de la naturaleza, hacemos poco o nada para recoger la energía del sol, polinizar las plantas, mantener el balance hídrico o la temperatura; nuestro rol es de observador y usufructuario de la abundancia de la vida.


Quisiera terminar invocando a ver la relevancia de cuidar la vida, a los humildes nematodos, a los animales que no nos gustan, a las plantas y a todos los demás, entendiendo la necesidad de minimizar nuestro consumo, nuestra sensibilidad a los demás y reconocer nuestro impacto, bueno y malo, en los animales. La idea completa de este blog nace de esta reflexión, y propongo alcanzar algunos datos al respecto.

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